Ayer participamos en el IX Coloquio Nacional de Desarrollo Local con una comunicación escrita junto a Laura Yago, Sonia Beltrán y María Javaloyes. Nuestra comunicación explicaba 4 casos de proyectos de desarrollo local que hemos realizado desde nuestras empresas y que comparten una visión particular, práctica y distribuida del desarrollo local de la que ya he escrito en este blog: distribuida, concreta y cargada de significado.
Las dos primeras conferencias del coloquio fueron muy interesantes porque hacían un repaso a 30 años de desarrollo local desde que se acuñaron académicamente los primeros conceptos y herramientas. Esto ocurre ahora porque el desarrollo local está en un momento de crisis institucional y los profesionales e investigadores están repensando los cimientos del campo. Para mí, que no tengo una formación disciplinaria en este tema fue una buena oportunidad de tener una visión general de cómo se abordado históricamente. Y algunas ideas y conceptos que se explicaron me sirven para avanzar en ese modelo de desarrollo local que estamos trabajando y, en concreto, en un proyecto que ya he mencionado alguna vez: la Ruta de artesanas emprendedoras, que antes fue un Mapa de tareas.
Este proyecto viene de reflexiones anteriores como aquella de cómo salir de la crisis apoyándonos en los hogares y en los trabajos invisibilizados y aquella de cómo se puede trabajar con esos hogares en momentos de caos. Que, poco a poco, revisan la investigación que hice en la universidad sobre el urbanismo desde el punto de vista de los trabajos domésticos. Un trabajo doméstico que, entendido en sentido amplio, puede agrupar el conjunto de trabajos que se hacen de forma no profesional o, incluso, gratuitamente que podrían enmarcarse en bajo el término economía informal.
De las conferencias que comentaba me quedo con tres ideas que, con esos datos y conceptos, salen reforzadas.
Una economía local basada en el capital humano y las redes de colaboración…
Empezamos con la primera. En su conferencia, el doctor Ricardo Méndez del CSIC presentó los datos de una investigación en curso sobre el impacto diferencial de la crisis en los distintos territorios y algunas claves para reactivarlos localmente. Esta investigación se estructura en dos conceptos: la vulnerabilidad y la resiliencia de los territorios. Para cada uno explicó una serie de indicadores que, contrastados con los datos de desempleo como indicador de la crisis, podrían servir para determinar qué ciudades (a partir de 20.000 habitantes) están reaccionando peor a la crisis.
- Exposición al riesgo: especialización económica, elevado porcentaje de actividades en declive, elevado endeudamiento privado y público, empleo precario o mercado secundario de trabajo, excesiva dependencia exterior en la inversión, modelo urbanizador insostenible.
- Debilidades internas: déficit de capital físico, escasez de capital humano, bajas tasas de innovación, escasez de capital social y redes de colaboración, escasez de capital simbólico (identidad)

El resultado no sorpende mucho pero su estudio iba más allá y separaba dos etapas: 2006-2009, en la que sufren más las ciudades más dedicadas al sector de la construcción, y 2009-2012, en la que empiezan a sufrir las ciudades dedicadas a servicios como resultado de una disminución del consumo fruto de las políticas de austeridad. Este estudio está disponible para los curiosos y yo aún tengo alguna parte que parece interesante por leer, pero… ya imaginaréis hacia dónde voy.
Si intentar no estar expuesto a riesgos es algo importante, más aún lo es tener fortalezas internas que te permitan salir del hoyo. Las ciudades de rojo y amarillo (las mediterráneas principalmente) no sólo han estado muy expuestas sino que, además, no están sabiendo reaccionar para cambiar sus modelos productivos. ¿Por qué? Vemos que, entre los indicadores de debilidad, los inmateriales son más importantes que el resto y quizá ésos son los que se cargó la burbuja precrisis (¿para qué innovar si puedo vender miles de millones de m2 de caravista?). Pero entre ellos, está el capital social y las redes de colaboración que son las que propician la economía informal y, por tanto, el trabajo doméstico y que, al final, son las que están permitiendo resistir a muchas personas.
Pongo ese enlace sobre economía doméstica creativa, pero en cualquier pueblo o ciudad se ve. Las «familias-franquicia» se repliegan y los contactos cercanos y filiaciones se hacen más importantes. Resisten sí, pero tras 6 años de apagar fuegos no hay tiempo ni recursos ni fuerzas para generar crecimiento y desarrollo. Me pregunto, ¿por qué no apoyar y apoyarse en este capital humano y en estas redes para generar desarrollo local?. Si no tardamos mucho, es el recurso más abundante en los pueblos y ciudades más afectados por la crisis. Y al final, esa es la promesa que escondemos tras la Ruta de Artesanas, empaquetada con mayor o menor acierto, eso sí
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…necesita, también, basarse en el conocimiento
Si lo que proponemos es que este sector del trabajo doméstico y la economía informal puede ser diferencial a la hora de conseguir ventajas competitivas, habrá que ver cómo hacerlo más eficiente y más competitivo.
Las preguntas a responder ya las escribía hace un año:
- cómo los trabajos que no se pagan pueden generar bienestar colectivo, liberador y comprometido (¿redes de alimentación entre hogares?, ¿monedas locales para pagar el trabajo doméstico y aumentar la liquidez en las compras diarias?…);
- cómo los sujetos políticos no clasificados, distintos del “trabajador obrero”, pueden reconocerse, llegar a acuerdos y construirse herramientas técnicas y de gestión (¿redes de desarrollo de software?, ¿comunidades de consumo?, ¿comunidades que comparten recursos?);
- cómo desde las dimensiones no reconocidas como significativas de la vida podemos encontrar nuevos significados a esa nueva buena vida (¿guerrillas artesanas?, ¿de vivienda compartida forma de vida?, ¿huertos productivos en los jardines? )
- cómo centrar el debate en la precariedad en la vida y no en la precariedad laboral (¿cooperativas de limpieza y cuidados? ¿plataformas de trabajo/vida como alternativa a la queja por becaria eterna?,…)
¿Cómo?
Basándose en la generación de conocimiento y la innovación
También me pareció que lo veían así los grandes del desarrollo territorial. Me gustó en especial un diagramita que puso y desmontó Vázquez Barquero de la UAM. El diagrama representaba las ventajas competitivas de un territorio, situando en la base de una pirámide los recursos naturales y sobre ellos la capacidad para realizar trabajos no cualificados, trabajos cualificados, capital más maquinaria y, finalmente, el la cumbre de la pirámide el I+D y el conocimiento. Dejando a parte que no se incluya el tipo de capital del que estoy hablando, Vázquez Barquero lo desmontaba diciendo que, en todos los sectores es necesario basarse en el conocimiento y la innovación. Desde la agricultura a cualquier tipo de trabajo sólo si son intensivos en conocimiento, en inventiva, o innovación como quiera llamarse, pueden hacernos más competitivos.
Quizá la gran diferencia es a qué nos referimos cuando hablamos de conocimiento. A veces me parece que se refieren a grandes departamentos de investigación, con patentes, maquinaria y laboratorios de gran escala, en fin, cosas que desde luego están fuera del alcance del trabajo doméstico, por ahora.
Por nuestra parte, la respuesta hace tiempo que sabemos que está en internet. El medio cuya materia prima es el conocimiento y la conexión, que permite a las comunidades crear su agenda propia y ganar alcance a través de las personas.
Y esa es, también, la apuesta de la Ruta de Artesanas, de nuevo con mayor o menor acierto. El problema de fondo, o el que no estamos sabiendo solucionar, es encontrar a estas personas que realizan estos trabajos. A ver, todos realizamos estos trabajos, ya lo sé. Pero queríamos trabajar con quiénes están haciéndolo ya como actividad principal. La dificultad está en que esas personas están dentro de eso que llaman “economía sumergida”, son un poco difíciles de encontrar.
¿Y tenemos que seguir llamándolo economía sumergida?
Esta tercera reflexión me viene también de más antiguo, una reflexión de fondo que puede funcionar como teoría/luz. Desde que empezamos a trabajar por nuestra cuenta y conocer en el intrincado mundo de los autónomos y las empresas, no deja de sorprenderme lo altas que son las barreras de entrada para llegar a ser una “persona económica”. Puede parecer una reflexión naif pero creo que trabajar, cobrar y pagar impuestos debería ser algo mucho más sencillo y es lo que hace que mucha economía permanezca “sumergida”. Cuando el objetivo es ser autónomos y resilientes, las leyes, sistemas de cuentas y estructuras económicas establecidas, al menos en España, despliegan su capacidad “opresora” y dificultan el camino.
Hace tiempo me llamó la atención el discurso de Marilyn Waring:
que describe el sistema de cuentas nacionales como “un sistema multipropósito diseñado para satisfacer un amplio abanico de necesidades analíticas y políticas”. Señala que “se debe lograr un equilibrio entre el deseo de que las cuentas sean lo más integrales posibles y la necesidad de evitar que se vean inundadas por valores no monetarios”.
El sistema revisado excluye la “producción de servicios para el propio consumo final dentro de los hogares. La ubicación de los límites de producción es una concesión deliberada que tiene en cuenta la mayoría de los usos”. Y continúa:
“Si los confines de la producción se extendieran de suerte que incluyeran la producción de servicios personales y domésticos a cargo de los miembros del núcleo familiar para su propio consumo, todas las personas que participan en esa actividad se convertirían en empleados independientes, haciendo que el desempleo se convirtiera en algo virtualmente imposible, por definición”.
Ésa es la razón que dan para dejar a un lado lo que la mitad del mundo hace la mayor parte del tiempo. Sin embargo, hubiera pensado que eso era un reflejo de lo inadecuado de la definición de desempleo, antes que una excusa para dejar la mayor parte del trabajo hecho por la mayoría de las mujeres fuera de la ecuación. De hecho, mientras más se empeña [el sistema de contabilización] en encontrar definiciones que impongan una camisa de fuerza al trabajo de las mujeres, más insensato se convierte el sistema.
Pero la “economía feminista” tiene el (para mí) vicio de centrarse en cambiar los “sistemas nacionales”. Algo que no es objeto de nuestros proyectos ni está a nuestro alcance ni nos interesa mucho, la verdad, ya lo he comentado alguna vez. Porque no se trata de adjudicar una renta a quien haga estos trabajos sino de encontrar las maneras de meterlos en el mercado de manera que quien encuentre valor en ellos pueda adquirirlos.
Es decir, meterlos en el sistema productivo. Claro, que será un sistema productivo algo diferente al que estamos acostumbrados.
Algunos insisten en llamarlas consumo colaborativo o economía social, yo no creo que sean necesarias esas definiciones, economía y ya. Pero sí que son necesarias otras formas jurídicas u otros países que sean más favorables. Y por supuesto, nuevas instituciones, pequeñas, nuestras… Como le comentaba hace ya tiempo a Albert Cañigueral:
Hay algo interesante a desarrollar en el argumento de que la economía informal no paga impuestos y por tanto es mala para la “economía en general”. Además del que tú aportas de que es un medio más para el fin general de sostener la vida. Lo intento desarrollar:
Los nuevos proyectos de economía informal o colaborativa no sólo están generando beneficios a sus “participantes” sino que además crean nuevas instituciones. Es decir, no pagan impuestos, pero tampoco utilizan los recursos que esos impuestos sostienen. Llámese funcionarios de Hacienda, Secretarios de economía etc. Sino que utilizan sus propios recursos comunes que se mantienen entre los miembros por el uso de las plataformas de intercambio o las monedas o lo que sea. Creo que este poder “instituyente” no hay que dejarlo atrás y sospecho que es el que realmente temen esos economistas sin imaginación
En el reciente Manifiesto indiano sobre el P2P lo ponen así: “los gobiernos no deberían administrar nada que pudiera ser gestionado como procomún.”
Desarrollar esas alternativas nos interesa a todos los que queramos ser más libres y vivir en entornos más abundantes. Porque éste no es un problema exclusivamente “femenino”, ¡bienvenidos a la feminización del trabajo!. O si lo preferimos ¡al fin del mercado de trabajo!
Conclusiones
- El trabajo doméstico y la economía informal, por su forma de organización y su capacidad de resiliencia, es un recurso muy válido para desarrollar los territorios y crear abundancia en la comunidades
- para activarlo en la nueva economía es necesario, como en todos los sectores, hacerlo más intensivo en conocimiento e innovación y, para ello, es fundamental pensarlo desde lo digital
- hemos de cambiar la idea de trabajo hacia una concepción que no excluya de entrada ningún trabajo que aporte valor al mantenimiento de las comunidades y, para hacerlo, será necesaria mucha innovación en negocios, organizaciones, herramientas y, por qué no, instituciones.
¡A seguir trabajando!
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