Como todas las semanas, vamos a por una nueva herramienta de reflexión práctica. En esta ocasión, pensando sobre la condición pública tanto del objeto de nuestro trabajo como del trabajo en sí.

2010-11-01_IMG_2010-10-25_01.26.59__L1603.jpgImaginemos una casa entre medianeras, su condición pública se resume a su fachada. Está claro que esto es una simplifcación y no sólo formal. Pero si entendemos que esa fachada es una de las interfaces con las que la casa se relaciona con el resto del mundo material, las fachadas de una casa entre medianeras pueden entenderse como algo más que la pared libre que da a la vía pública. Mucho del trabajo de Andrés Jaque, por ejemplo, puede entenderse como el intento de reivindicar la condición política y pública de las cosas de la vivienda.

Otra forma de expresar la condición pública y política de las cosas es a través del lenguaje, de los nombres que les damos. Las cosas, personas y animales toman existencia entre ellas al interactuar unas con otras, pero también al ser llamadas por su nombre. Poner nombre es la herramienta de reflexión práctica que esta semana vamos a indagar como forma de conocer y crear nuestras construcciones y nuestro trabajo.

La red y la taxonomía

Tim Ingold en su libro Being Alive, en el capítulo Naming as storytelling, habla de que la gramática distingue entre nombres propios y nombres comunes. Los nombres propios se refieren a un individuo, cosa o animal particular y los comunes a un miembro de determinada clase de entidades (Ingold, 2011:165). Las personas tenemos nombres propios y así nos convertimos en individuos con identidad. A veces damos nombres propios a algunos animales o cosas, es una forma de hacerlos humanos, de incluirlos en nuestra sociedad. También los lugares tienen nombres únicos, especificados por una dirección que funcionan como los nombres propios. Como lugar, la casa está en el número X de la Calle Y, es única. Pero como cosa es una entre las muchas casas entre medianeras, con su nombre común la clasificamos.

Para Ingold, esta distinción entre nombre común y nombre propio está basada en una distinción entre dos órdenes de conocimiento distintos: la red y la taxonomía. Y ambos son los proyectos de conomiento de la ciencia y el estado, de la biopolítica y la normativa: delimitan y clasifican.

Ingold compara la red a la unión de varias agendas de direcciones, con ellas puedo conectar con una serie de individuos o lugares particulares, individualizados. Y la taxonomía, a una guía de campo de las que usan los naturalistas para reconocer especies de animales y plantas. Éstas dan una descripción general que permite asignar las entidades a ciertas clases. Así identificar a una “persona” de la agenda (red) es reconocer su singularidad (ibid:167) e identificar a una “cosa” de la guía (taxonomía) es denegarla, descartar su idiosincrasia individual para destacar las características que comparte con otras (ibid:167).

La primera identificación es horizontal y divisoria pues se centra en la diferencia al distinguir a un individuo y posicionarlo, la segunda es vertical y agrupa las cosas al reconocerlas por sus atributos. En esta disyuntiva entre el reconocimiento de la individualidad y su negación se encuentra el pensamiento occidental. Así tenemos una división ontológica tripartita: la superficie de la tierra dividida en lugares, el universo de las cosas que clasificamos taxonómicamente y la sociedad de las personas que se relacionan en redes (algunas cosas tendrían la suerte o desgracia de ser incluidas en ésta útlima gracias a los nombres propios).

Conocer con verbos y no sustantivos

Por todo lo que ya sabemos de Ingold podemos suponer que no se conformará con esta división. Pues, por ejemplo, para él la tierra no es una superficie lista para ser ocupada: “Se despliega en el curso de la propia vida, a través del movimiento de personas y animales, vientos y corrientes, cuerpos celeste y todo lo demás”. Las personas tampoco son “individuos cuya identidad está fijada previamente a su vida en el mundo, sino como lugar de una actividad en desarrollo que no tiene principio ni final”. Ya no hay distinción entre personas y lugares ambos toman existencia juntos en sus movimientos. Los nombres propios pierden sentido “porque las personas no son seres que se mueven sino que son sus movimientos“. Ahí reside su presencia. Y los lugares no son sitios que se conectan en redes, “sino formaciones que aparecen en el proceso de movimiento”. También los nombres comunes pierden sentido. Si las cosas “ya no existen en sí mismas, sino que son la encarnación más o menos efímera de la actividad-en-relación-con-otros, entonces el proyecto de su clasificación – que las agrupa y divide según atributos fijos – se torna imposible”.

En ese mundo que Ingold describe, “los nombres no son sustantivos sino verbos: cada cual describe un acontecer” (ibid:168).

¿Por qué nos interesa esta forma de nombrar? Porque supone una forma muy distinta de conocer. No un conocimiento clasificactorio ni un conocimiento de la red de individuos o lugares. Ya no nos interesan los círculos que envuelven grupos ni los puntos que marcan individualidades, sino las líneas de desarrollo de las vidas. Que no conectan “a través de un mundo ya extendido, sino a lo largo de un mundo en formación”. “Cada una de esas líneas es un un relato. Y cada nombre, la condensación de ese relato” (ibid:168).

El conocimiento que deriva de estos nombres es un conocimiento relatado. Entonces conocer es recordar los relatos, construir habitando es recrearlos o inventarlos. Si la taxonomía y la red desarrollaban nuestra memoria, el relato desarrolla nuestra creatividad. Y con ella, escapamos de la dicotomía entre clasificación, que convertía todas las cosas, incluidos animales y personas, en objetos; y la individuación que convertía las cosas y animales en mascotas o, como a las personas, en individuos estáticos que no evolucionan.

Este tipo de conocimiento relatado nos abre los ojos a la vida, permitiéndonos entrar en su proceso y participar de él. Permitiéndonos construir no nuevas instancias de lo mismo, ni cosas totalmente distintas y originales. Simplemente cosas que ocurren, que son. La casa entre medianeras no es una de un tipo sino que ni es distinta a la que está entre el número 39 y el 43. Es aquello que “alberga” o “luce” o “humea” o  “almacena” u “hospeda”. En fin, más que “una casa” o la que está en el número 41 o la “Casa García”, “casea”. Conocerla así hace que esté viva, que continúe.

Una vez convencidos 🙂 ¿Cómo usar esta herramienta de reflexión práctica?

Contar relatos

ktuu-koyukon-language-training-held-at-alaska-native-heritage-center-20130806Si la semana pasada, para enredarnos con la norma aprendíamos de otros arquitectos y constructores, esta semana aprenderemos de los Koyukon de Alaska y cómo nombran a los animales, con Ingold, Richard Nelson, también antropólogo, y el jesuita de principios del S.XX Julius Jetté. Vamos entonces…

Los Koyukon nombran a los animales con tres recursos distintos:

  • descripciones del comportamiento observado del animal
  • relatos del Tiempo Remoto
  • acertijos que el que escucha tiene que adivinar
  • o la combinación de las anteriores

Nombres descriptivos

Hay muchos ejemplos de insectos: una mariposa se llama “revolotea aquí y allá” y la polilla se llama “come telas”. El ave conocida en España como somormujo, los Koyukon la llaman “sus pies sólo funcionan en el agua” pues es muy patoso en la tierra. Y así ponen muchos ejemplos. Lo característico de nombrar con los verbos que describen lo que observamos directamente es que da, por definición, infinitos nombres y cambiantes en el tiempo. Si lo que observamos cambia, o tenemos una percepción más afinada, los nombres pueden cambiar. Es una manera de nombrar muy intuitiva y los niños son aficionados a utilizarla inventando palabras sin darse cuenta. Los nombres pueden llegar a parecer adivinanzas pues si alguien nombra un animal por algo que no hemos observado no seremos capaces de entenderlo hasta que lo experimentemos nosotros mismos o nos lo cuenten tan detalladamente que podamos imaginarlo.

Lo importante es que “el animal es lo que hace y lo conocemos por la firma que deja de su actividad”. En el caso de animales más difíciles de observar puede convertirse en simples señales o rastros. Como los que observan los cazadores. Así de nuevo, volvemos a que no se trata de percibir un objeto y luego verlo actuar, sino de captar el momento de actividad. Para los Koyukon “los animales no son seres vivientes sino la ‘instanciación’ de una forma particular de estar vivo”. Así ya no ha distinciones entre los que está vivo y lo que no, nos centramos en conocer lo que ocurre y esto es particularmente interesante cuando nos dedicamos a la construcción del entorno. Lo que buscamos describir, alojar, modificar son patrones de actividad, no objetos. Lo que nombraríamos sería la actividad de humear y no un objeto “cocina” o “estufa”, ni varios, pues el plural no existe para los animales entre los Koyukon.

El arte de nombrar describiendo tendría que ver con conocer las actividades o rastros más cruciales y característicos de las cosas, animales o personas, de forma que luego puedan ser reconocidas por otros. Pero sobre todo, si comos capaces de nombrar la actividad mucho más concretamente, por ejemplo, “humea con olores a pino y laurel”, casi estaríamos ya hablando de una casa donde se cocina en la chimenea y se guisan caracoles en salsa…

Nombres relato

Otra razón por la que los animales no se nombran en plural es porque también se nombran tomando relatos del Pasado Remoto. Un tiempo en que los seres aún no tenían decidida su forma, si animal o humana. Estos relatos cuentan sobre sus caracteres y aventuras y terminan con el ser convirtiéndose en un determinado animal. Los Koyukon nombran a los animales según estos relatos, por ejemplo a la gaviota que fue un hombre asqueroso y desastrado que comía pescado podrido. Aunque haya muchas gaviotas todas repiten el mismo relato indefinidamente. Y puede haber tantas gaviotas como veces pueda contarse de nuevo el relato. Ocurre así con diversos pájaros, patos y también pescados. Según la historia que los nombra, los Koyukon querrán o no comerlo o relacionarse con él, según tengan miedo o voluntad de adquirir sus vicios o virtudes. Es así porque cada encuentro con el animal, sea para consumirlo o no, significa volver a oir su relato. Conforme viven sus vidas y atienden sus asuntos, continuamente están conectando su relato con relatos de las vidas de otros y aprendiendo a relacionarse con ellas. Sólo en la experiencia confirmamos los relatos que los nombres resumían.

Por eso, los nombres “apodo” de los edificios o monumentos no son relatos. Sólo están basados en la forma, vemos “los pantalones” pero no podemos aprender a relacionarnos con ellos sólo confirmamos que su forma nos recuerda a otro objeto. En “la Montaña”, en cambio, en la que realmente ocurren cosas relacionadas con “montañear”, nos falta conocimiento pero podemos entender que vamos a subir escalando o haciendo zigzag por el parking o por una especie de ascensor telesilla. Si los diseñadores hubieran ido más allá del diagrama aprendiendo de los relatos de montañas concretas, o incluso míticas, quizá la riqueza de experiencias hubiera sido mayor (o quizá simplemente no se hubiera construido el edificio…)

Acertijos

El límite entre una descripción y una adivinanza o incluso un relato mítico es difuso. Parece que los acertijos tienen que ver más con los momentos en que una actividad se capta fugazmente, pudiendo perdérsela fácilmente. Quizá casi como forma de entrenamiento de los sentidos, los acertijos se usan para estas imágenes fugaces y son muy visuales. Se usan en la primavera, cuando las personas están alegres y con ganas de jugar. Los relatos del Pasado Remoto se cuentan más invierno, en la oscuridad de la noche y son algo sombrías (Jetté en Ingold, 2011:173). Las adivinanzas se cuentan muchas veces en primera persona, como si fuésemos el animal o la cosa, y haciendo dobles o triples sustituciones. Por ejemplo, un escarabajo es nombrado por los Koyukon como “en un pequeño agujero en el suelo, arrastra sus orejas una contra otra”, refiriéndose a las orejas del caribú y no a las antenas del propio escarabajo cuyo nombre común también reconoce el parecido: ciervo volante (ibid). Estas trasposiciones demuestran un conocimiento extenso y profundo del mundo, “como una historia natural” que no pretende una clasificación sino la interrelación de todas las cosas entre ellas.

La relación es tan estrecha y real que incluso los animales son cosncientes de que se habla de ellos y, cuando los Koyukon no quieren que se entren de lo que dicen o que se ofendan, usan circumloquios. Igualmente los humanos están atentos a lo que los animales les dicen. “Escuchan” sus relatos. Exactamente como escuchamos los relatos de los materiales, objetos y herramientas cuando interactuamos con ellos, no hay diferencia.

Conclusión

Con ese verbo podemos hablar de lo que hacemos con otros. Podemos relatarlo a otros y no hablar de tipologías o mascotas, ambos cerrados sino de procesos. Conocer y construir a la vez.

Si somos capaces de conocer los relatos de los materiales, objetos, herramientas, plantas, animales y personas con los que nos relacionamos al construir, podremos rehacer esos relatos en uno nuevo que nos incluya a todos. Si nombrar es contar relatos y contarlos es participar creativamente de los cambios en la vida, ¿no es nombrar también construir?

3 comments on “Nombrar es contar relatos es construir

  • Estoy impresionado por cómo vas integrando conceptos que en algunos casos para mí son difíciles de asir. Leyéndote me venían a la cabeza la fenomenología, la emergencia, el constructivismo, la complejidad y tú los hilvanas muy bien.

    Sin embargo, ya que estás intentando que sea una herramienta de reflexión práctica, termino pensando que llevar esto a la práctica es muy complicado porque nombras cosas para comunicarte con otros. ¿A qué otros y cuántos comparten la experiencia? ¿es posible verdaderamente usar ambas formas de nombrar sin que una no sea una impostura?

    Gracias por las reflexiones en voz alta.

  • Hola Paco! Gracias, en este caso los conceptos son de Ingold, mi reto es convertirlos en herramientas para la construcción del entorno, herramientas de “proyecto” (aunque esa palabra tenga sus propios problemas). Bueno, 3 cosas:

    – sí, normalmente hablas para comunicarte con otros pero aquí pensaba en que el ejercicio de intentar nombrar en sí mismo puede ser una de esas herramientas de proyecto. Quizá esos “otros” son los que estáis trabajando o involucrados en él, contando a clientes, diseñadores, inversores,… Entonces es una herramienta de reflexión para cada uno y para el equipo, en plan… “¿qué demonios estamos haciendo?!” 😉

    – la impostura… si el objetivo es tener un nombre de partida comercial, de marketing… sin que sea una reflexión ontológica y heurística, entonces sí. Pero justamente esta herramienta pretende evitar eso. No es para “sonar más interesante” 😉 sino para poder construir las cosas de otras maneras. Si haces lo mismo con otro nombre no vale la pena claro…

    – al final, lo que a mí me parece más maravilloso es que ya no estás nombrando (como cuando en la biblia dan nombre a todas las cosas como forma casi de poseerlas o de tener poder sobre ellas) sino que las cosas van ocurriendo y se van relatando en el grupo de trabajo. Así las cosas y la gente vamos cambiando y dándonos forma unos a otros… Ése creo que es el “giro copernicano”…

    Ah! y gracias a ti por leer y comentar 🙂 Voy a un ritmo loco de artículo a la semana y a veces tengo la sensación de que lo que se queda escrito no acaba de ser muy coherente, espero revisarlo todo en verano y reescribirlo y estos comentarios me ayudan mucho a ver cómo lo estáis leyendo el resto.

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