Ayer presencié una conversación muy interesante entre indianos y consultores artesanos que cuenta María, de las indias, en su blog. Y casualmente hoy he recibido un enlace a este vídeo de Javi, con el que colaboramos en el proyecto de mimbrea, una revista digital sobre  vivienda y sostenibilidad dirigida al usuario final aún en desarrollo, que sabe que me interesa mucho el concepto de Resiliencia. El vídeo está en el contexto del movimiento decrecionista. Y la conversación indiana se centra en la abundancia. Ambas conversaciones tratan de la transición a otros modos de producción y organización y he querido anotar algunas ideas que aclaren como entiendo yo la transición. La ideas es acercar a los interesados en el cambio de mi red de trabajo profesional a la idea de abundancia. Ahí va:

Ambos movimientos demuestran que el cambio en los modelos de producción y organización es inminente, la diferencia entre un modelo de transición y otro es el origen de ese cambio. Los decrecionistas empiezan con la recesión debida al agotamiento de recursos, mientras que los otros empiezan con el desajuste en las escalas de producción y de financiación en la era informacional.

Las propuestas de unos y otros no se diferencian en superficie tanto y ambos llaman a la acción. La distancia aparece cuando se matiza el discurso y los objetivos. Y se ve en la explicación de proyectos en varias “ciudades en transcición”: huertos locales para ser más resilientes frente a la escasez de alimentos provocada por la falta de transporte y no para aumentar la productividad de tierras en desuso y generar empleo, monedas locales para comprar lo local y no para aumentar la liquidez y fomentar los intercambios, escuelas de artesanía para aprovechar todo lo que se tira y reducir las emisiones de carbono y no para empoderar a las alumnas, coches eléctricos compartidos y cargados con energía renovable parece no ser suficiente, debe medirse el número de viajes que hacemos…

Y el punto de partida tiene todo que ver, porque el decrecionismo parte del miedo a un peligro externo (el agotamiento de los recursos), mientras que los “abundantes” parten de la necesidad de reajustar el modo de producción para empoderar a las comunidades, no es tan importante el qué como el cómo. Y este es para mí uno de los grandes peligros del decrecionismo: la creencia de que hay propuestas buenas o malas “en esencia” (por ejemplo, podría no ser políticamente correcto un proyecto que usara recursos agotables y traídos desde lejos como la generación solar de energía eléctrica). El decrecionismo llega a renegar de las energías renovables, pero no lo hace porque su escala de producción es inaccesible en los modelos actuales, sino porque reniega de ofrecer alternativas a su producción y se centra en la necesidad de reducir el consumo.

Es curioso que, aunque planteen tímidas iniciativas para la producción y el intercambio, los decrecionistas se centran en el consumo como su caballo de batalla. Creo que esto se debe a tantos años en los que el modo de producción de gran escala sólo nos ha dejado el papel de consumidores. Su propuesta parece ser que seamos consumidores reprimidos.

Personalmente me atrae de la abundancia y he de admitir que esto me viene de haberme empapado tanto de los libros de economía doméstica de siglos anteriores. Una vez superado el “patchwork” de Lydia Child, desde Christine Frederick a las “Material feminists” todas abogan por la abundancia. ¿Será que vivieron la escasez “en sus carnes”? Creo que sus historias pueden ser muy útiles para aprender a pasar del control policial del consumo a apropiarse y cambiar el modo de prodcción.  Aunque el discurso de Frederick puede parecer sólo orientado al consumo (por si no lo sabéis es quien extendió la idea de la obsolescencia programada, sí), tenía un laboratorio para testear y diseñar productos, desde el que orientaba a la industria, así que, a su manera, participaba en el proceso de producción. Pero la propuesta realmente interesante es la de las Material feminists, que utilizaban sus comedores colectivos, sus cocinas, talleres, etc para ganar dinero con el que hacerse propietarias en común de las infraestructuras que necesitaban.

Lo local tiene también mucho protagonismo en ambos movimientos de transición. Pero lo que en uno es para evitar el gasto y el miedo a lo que no se controla, en el modelo de la abundancia lo es para racionalizar la lógica productiva, según la realidad local y, más aún, lo local, en la era informacional, ya no está necesariamente ligado a un territorio.

El miedo a lo desconocido e inaccesible es el factor clave en el decrecionismo y se ve en la insistencia en que lo importante de todos los proyectos decrecionistas es que “generan un sentido de comunidad perdido”.

Está claro que hay hambre de discursos alternativos que superen la inacción, como dice María en su post, y que esos discursos pasarán por las comunidades. La clave está en cuál es la idea de base que aglutina a las comunidades, la reacción a la escasez o el deseo de abundancia. La potencia (y el peligro) de la reacción a la escasez es que parte del miedo.

5 comments on “Abundancia y escasez. Notas para una transición en el modo de producción

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